No pongo ese título por gusto. Tiendo mucho a escribir lo que pienso y luego a borrarlo por temor a que lo que haya escrito no sea válido, ya sea porque no tengo la perspectiva necesaria, o porque no tengo la información suficiente, o simplemente porque no estoy argumentando bien.
Esto último es tal vez mi punto más débil. Suelo escribir mucho desde el hígado. A veces creo que escribo mejor así. Y puedo mandarme discursos desde mi falso altillo moral, denunciando las injusticias del mundo, pero luego, ¿cómo defiendo lo que pienso?
Y dejo todo eso como preludio porque necesito desahogar un poco. Y finalmente para eso y por eso, es MI BLOG.
Hace poco la iniciativa de Aprendo en Casa cayó bajo el fuego conservador por hablar del lenguaje inclusivo. Hablaban de las diferentes formas de hablar castellano como una forma de reconocer la diversidad en nuestro país. Salió gente a reclamar que se estaba incitando a los jóvenes a la lucha de clases (¿?), a que era una forma de comunismo (¡¿?!), a crear resentidos sociales (¡!), y más. Desde Philip Butters hasta Aldo Mariátegui (ok, eso no es sorpresa), hasta una lamentable portada en Perú 21 (¿después de la columna de Maki? ¿En serio?). Mientras tanto, Rosa María Palacios califica de envidia cuando alguien cuestiona el trato que están recibiendo las trabajadoras del hogar, y a su vez dice que normar las condiciones de trabajo de las mismas en este momento no es una prioridad. ¿En serio, Rosa María? ¿EN SERIO?
Somos un país con muchas cosas en contra desde nuestra concepción. Pero esa imagen de héroes que libraron el país de sus opresores españoles se delata como un mito hoy más que nunca. Nuestro país nunca libró a nadie, solo cambió de mano quién era el opresor. Sí, en papel la gente es libre y tiene derechos. Pero seamos reales, existe la gente con privilegios y existe la gente sin privilegios.
Tener privilegios no es algo malo, se nace con ellos y no es culpa de nadie. Nadie culpa a nadie por tener privilegios. Pero nacer con privilegios significa que hay que hacerse responsables por tenerlos. Y eso empieza por reconocer que aquellos que no los tienen son tan personas como los que los tienen. Si nunca hemos pasado hambre, si nunca se han burlado de cómo hablamos, si nunca nos han agredido por ir de la mano con nuestra pareja, si nunca nos han negado la entrada a algún lugar por cómo nos vemos, si nunca nos hemos sentido inseguros en la calle, y muchas otras cosas más, tenemos privilegios. Si en esta pandemia sabemos de dónde viene nuestra siguiente comida, sabemos que tenemos trabajo, tenemos un techo, y sabemos que nuestra gente querida está bien, tenemos privilegios. Si podemos criticar al congreso, al presidente, todo sin el pánico que viene de pensar que si no cambia nada nos vamos a morir, tenemos privilegios. Si están leyendo esto, tienen privilegios.
No estoy diciendo con esto que se pongan máscaras y salga a alimentar a todos los adultos mayores en situación de abandono. No estoy diciendo que financien personalmente a todas las personas que están jugándose la salud por ir a ayudar a los enfermos, no estoy diciendo que preparen almuerzos y los repartan en la calle (aunque sería hermoso que realmente todos pudiéramos hacer eso). Lo único que estoy diciendo, es que dejemos de ser tan idiotas.
La pandemia es real. La emergencia es real. La crisis económica es real. La gente se está enfermando y la gente se está muriendo. Pero no solo uno por lo otro, la gente se está muriendo de hambre, de violencia, de ansiedad.
¿Podemos hacer algo? Podemos reconocer que nuestras diferencias sociales existen, pero que no deberían. Podemos reconocer que la gente tiene derechos. Podemos reconocer que la gente necesita ayuda. Podemos dejar de culpar a la gente por reaccionar ante la emergencia. Si una persona sale a trabajar no es por rebelde, no es por alpinchista, es por hambre.
Todos tenemos que hacer sacrificios, pero no poder ir a comprar ropa nueva, al cine, o a Starbucks, no equivale a no poder salir a trabajar. No equivale a necesitar que se liberen sus aportes a la AFP para poder tener liquidez. No equivale necesitar acceso a la salud. No equivale a necesitar que sus hijos se eduquen.
Mis mayores dramas estos días son que extraño a mis padres, y que aún no conozco a mi sobrina recién nacida.
¿Por qué «Escribir sin saber»? No porque no sepa de lo que hablo, sino porque así como reniego de todo esto, hay gente que protesta desde el otro lado, acusando a Aprendo en Casa de querer impulsar una agenda comunista, imponer una «ideología de género», o de querer quitarle el trabajo a los profesores, acusando a Vizcarra de querer controlarnos y aferrarse al poder, y otras formas de desinformación. Y aunque puedo empatizar con lo que significa tener miedo al cambio, no puedo empatizar con la falta de empatía. Porque decir que hay RACISMO INVERSO es escribir (o hablar) sin saber. NO EXISTE EL RACISMO INVERSO.
Vivimos en un país con diferencias. Vivimos con privilegios en un país sin privilegios. Esto solo es un desahogo, pero creo que necesitaba hacerlo para no ahogarme.
PD: Esta semana no pude hacer mi acostumbre «Para empezar la semana», pero ya volverá.
PD 2: Me gustaría usar este espacio para tratar de explicar por qué el que Adele haya bajado de peso no debe ser utilizado como un «si ella pudo también», por qué deberíamos estar felices por Sofía Mulánovich y su recién estrenada maternidad, por qué todos deberíamos estar preocupados por lo que sucede en EEUU, por qué deberían dejar de darle pantalla a tantas figuras tóxicas… pero no tengo las energías ni las ganas de hacerlo. Ya están grandes. Investiguen. O si de verdad quieren, escríbanme y hablamos.
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